gloria

En un acto eterno, el Padre engendra el Verbo; el Verbo es la Palabra que el Padre pronuncia pensándose a si mismo «en un eterno silencio»; él es el Pensamiento eterno del Padre en el cual el Padre se ve, se contempla, con sus Atributos divinos, sus Perfecciones infinitas. El Padre es la Suprema Inteligencia que conoce en su Verbo lo Supremo Inteligible; es por lo tanto por una procesion de inteligencia que el Padre engendra al Verbo. El Verbo es, si se quiere, un Espejo en el que el Padre contempla su propia imagen; o más bien, es algo más que un espejo, es esa Imagen misma: es «la irradiación de su gloria, la huella de su substancia» (Heb. I, 3) 191 Abbé Henri Stéphane: EL MISTERIO DE DIOS

Todo esto indica una cierta contemporaneidad de estos acontecimientos, pero su naturaleza de algún modo «transhistórica» les confiere una realidad muy superior a un simple hecho histórico. Está excluido que el cadáver de Jesús haya sido «reanimado» y haya salido de la tumba, lo que muestra la diferencia entre la resurrección de Cristo y la «resurrección de Lázaro» volviendo a la vida ordinaria. Se trata esencialmente del «cuerpo glorioso», que no difiere esencialmente del corpus natum, el cuerpo nacido de la Virgen, que no podía ser más que «glorioso» en razón de la unión hipostática de la naturaleza humana y la naturaleza divina, pero que disimulaba su gloria en la aniquilación de la kénosis (Véase Fil 2,7. Téngase en cuenta también que esta gloria se manifestó en la Transfiguración.). Es, evidentemente, el mismo cuerpo glorioso el que se manifiesta en las apariciones, y finalmente en la Ascensión –¡que no es de ningún modo comparable al vuelo de un cohete!–. Estamos en otro eón, de naturaleza superior al «eón de este mundo», y que incluye la posibilidad de manifestarse en él sin ser afectado por sus condiciones: Cristo resucitado comía con sus discípulos, pero no tenía necesidad de comer (R. Guénon. El Hombre y su Devenir según el Vedanta. Véase igualmente el comentario del Maestro Eckhart reproducido en F. Chenique, Le Yoga Spirituel de St. François d’Assise, nota pag. 109.). 261 Abbé Henri Stéphane: EL SENTIDO DE LO SAGRADO

El deseo del Espíritu, es el de encontrar un alma suficientemente disponible, desapegada, pobre en espíritu, suficientemente receptiva, pura, transparente a la Luz, orientada hacia el Padre y hacia el Reino, abierta a la «fuente de agua viva brotando hasta la vida eterna» (Juan IV, 14), dócil a su acción purificante y beatificante, suficientemente despojada, desposeída, despejada de si para no entorpecer la Acción del Espíritu; es el deseo de encontrar «en el Padre, los verdaderos adoradores en espíritu y en verdad, aquellos que el Padre busca» (Juan, IV, 23), ¡y no «pedigüeños» de «gracias temporales»! de manera que no es ya más esta alma la que ora, la que «farfulla», la que «gorjea», la que corre el riesgo de obstaculizar la acción del Espíritu por su «desatino», sus formulas hechas, despachadas con toda prisa; es el Espíritu el que hace al Padre la verdadera alabanza de gloria del Verbo Encarnado, con tal de que el alma despojada de si y revestida del Cristo no sea más que una pura disponibilidad entre las manos de Dios, una pura transparencia a la Luz increada: «No soy yo quién vive (o quien ora), es el Cristo quien vive en mí» (Gal. II, 20). «He aquí que estoy ante la puerta y llamo: si alguien escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré con él, cenaré con él y él conmigo» (Apoc. III, 20). 328 Abbé Henri Stéphane: REFLEXIONES SOBRE LA ORACIÓN II

Se dice a menudo que la Religión da un sentido a la vida, pero nos contentamos generalmente con fórmulas bastante vagas, cuya significación profunda se nos escapa: ritualizar nuestros actos, ofrecer nuestras acciones en «sacrificio», hacer todo por la gloria de Dios, etc. Estas proposiciones, incontestablemente verdaderas en su conjunto, no por ello dejan de ser, a nivel de la sicología humana, extremadamente superficiales, como las ondas producidas en el agua por una piedra y que se borran rápidamente. 593 Abbé Henri Stéphane: EL SENTIDO DE LA VIDA

3) No ver solamente en la misa un acto que se desarrolla en el tiempo ya que ella es «la encarnación progresiva en el tiempo y el espacio» de un acto eterno, que es la «alabanza de gloria» (Ef. I,12), que el Verbo divino rinde al Padre, el don total de su Persona a la del Padre, en la unidad de Amor del Espíritu. Realizada en el seno de la Trinidad en un acto único y eterno, esta alabanza de gloria está realizada en la tierra, en el tiempo y en el espacio, por ese mismo Verbo, encarnado esta vez, del cual nosotros somos una «humanidad por añadidura», por el cual nosotros rendimos al Padre, en la unidad del Espíritu Santo, el único sacrificio que le es agradable, para la remisión de los pecados, para la Redención y para la divinización de nuestras almas. Así asociados a la alabanza eterna de gloria que el Verbo rinde al Padre en el seno de la Trinidad, nosotros decimos: 852 Abbé Henri Stéphane: PARA COMPRENDER LA MISA

Per Ipsum et cum Ipsum et in Ipsum es tibi Deo patri omnipotenti in unitate Spiritus Sancti, omnis honor et gloria. Amen. (Por El, con El y en El, a ti Dios Padre Omnipotente todo honor y toda gloria en la unidad del Espíritu Santo) 854 Abbé Henri Stéphane: PARA COMPRENDER LA MISA

El tema de la luz, del que hemos celebrado la fiesta el 2 de febrero, está presente en toda la Escritura. Se le encuentra en el origen de la Creación cuando la Palabra de Dios, el Verbo divino, ordena el caos primordial por el Fiat Lux: ¡que la luz sea! Y no se trata evidentemente de la luz del sol que no ha sido creado hasta el cuarto día. El mismo tema se encuentra en el Prologo de san Juan: el Verbo es la verdadera luz que ilumina todo hombre y san Juan comienza su primera epístola por estas palabras: «El mensaje que Jesús nos ha hecho oír, y que nosotros os anunciamos, es que Dios es luz, y que no hay en él tiniebla alguna» (1 Juan I,5). En el Apocalipsis, la Nueva Jerusalén está descrita como «una ciudad que no tiene necesidad ni de sol ni de la luna para iluminarla, ya que la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su candelabro» (Apoc. XXI, 23) 1089 Abbé Henri Stéphane: La Iluminación

«Que la Luz de Cristo resucitando en su gloria disipe las tinieblas del corazón y del espíritu» 1095 Abbé Henri Stéphane: La Iluminación

«Así, todos nosotros, reflejando a cara descubierta la gloria del Señor, somos transformados por la claridad en claridad en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor » (2 Cor. III, 18). 1103 Abbé Henri Stéphane: La Iluminación

«Porque Dios que dijo que la luz resplandeciese en las tinieblas, él mismo resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Cor. IV, 6). Amen. 4 febrero 1975. 1105 Abbé Henri Stéphane: La Iluminación

Podemos nosotros tomar conciencia de ello una vez más intentando comprender la Epístola de hoy. He aquí lo esencial: «Lo que yo pido a Jesucristo, es que vuestra caridad abunde cada vez más en conocimiento (in scientia) y en toda inteligencia (in omni sensu) para que discernáis lo que vale mas, a fin de que seáis puros e irreprochables en el día de Cristo (in diem Christi) y colmados por Jesucristo de los frutos de la Santidad, para la gloria y la alabanza de Dios (in gloriam et laudem Dei)» (Fil. I, 9-11) 1116 Abbé Henri Stéphane: HOMILIA PARA EL VIGESIMO SEGUNDO DOMINGO

Estamos lejos de una caridad puramente humana, de un humanitarismo cualquiera. Es necesario que la caridad (la Caritas) se expanda en conocimiento y en toda inteligencia, para adquirir el discernimiento que permita estar colmados de Santidad para la gloria de Dios. 1118 Abbé Henri Stéphane: HOMILIA PARA EL VIGESIMO SEGUNDO DOMINGO

Perspectiva centrada en Dios (teocéntrica), ¿la santidad es para nosotros? Es para la gloria de Dios. Nosotros no podemos de ninguna manera considerarnos como santos: Dios solo es Santo («Dios solo es bueno»), pero sin somos puros e irreprochables, gracias al discernimiento de lo mejor, entonces Jesucristo puede colmarnos de los frutos de la Santidad. («Sin mi, no podéis hacer nada»… «Si alguno quiere ser mi discípulo, que renuncie a si mismo»). 1120 Abbé Henri Stéphane: HOMILIA PARA EL VIGESIMO SEGUNDO DOMINGO

En otra parte (Ef. I, 12) San Pablo declara: «Es en Jesucristo que nosotros hemos sido elegidos… para que sirvamos a la alabanza de su gloria» (la gloria de Dios). 1122 Abbé Henri Stéphane: HOMILIA PARA EL VIGESIMO SEGUNDO DOMINGO