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 ===== KOYRE PARACELSO ===== ===== KOYRE PARACELSO =====
-Alexandre [[theosophos:theosophia-estudos:koyre:start|Koyré]] — [[theosophos:paracelso:start|Paracelso]]+Alexandre Koyré — Paracelso
 Excertos do livro "Místicos espirituales y alquimistas del siglo XVI alemán" Excertos do livro "Místicos espirituales y alquimistas del siglo XVI alemán"
 PARACELSO 1493-1541 PARACELSO 1493-1541
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 Olvidando esta precaución indispensable, buscando en Paracelso y en los pensadores de su época los «predecesores» de nuestro pensamiento contemporáneo, planteándoles cuestiones en las que jamás pensaron y a las que jamás trataron de responder, se llega, en nuestra opinión, a desconocer profundamente su obra y a encerrarlos en los dilemas que, contradictorios para nosotros, no lo eran, probablemente, para ellos. Olvidando esta precaución indispensable, buscando en Paracelso y en los pensadores de su época los «predecesores» de nuestro pensamiento contemporáneo, planteándoles cuestiones en las que jamás pensaron y a las que jamás trataron de responder, se llega, en nuestra opinión, a desconocer profundamente su obra y a encerrarlos en los dilemas que, contradictorios para nosotros, no lo eran, probablemente, para ellos.
  
-Antes nos hemos preguntado si Paracelso fue esto o aquello. Nos parece que no fue ni esto ni aquello, o si se prefiere, que fue esto y aquello. Con toda seguridad, estuvo profundamente influido por el naturalismo hilozoísta y mágico del Renacimiento y muy probablemente también la mística alemana tenía en él un adepto. Combatió violentamente la ciencia médica de su tiempo y proclamó el valor y la necesidad de la «experiencia»; pero la experiencia que él preconizaba no tenía nada en común con la experiencia tal como nosotros la entendemos hoy. Combatió la alquimia y la astrologia, pero no porque no creyese en la influencia de los astros o en la posibilidad de fabricar oro. Al contrario: la influencia de los astros era para él algo tan seguro y tan fuera de duda como la vida del mundo; era, además, el único medio de explicar razonablemente la producción y la propagación de las enfermedades epidémicas; y en cuanto a la transmutación de los metales, ¿cómo podía él, discípulo de [[theosophos:trithemius:start|Trithemius]], dudar de su posibilidad, él que había trabajado en las minas de los Függer, que había visto cómo «crecían y se desarrollaban los metales»?+Antes nos hemos preguntado si Paracelso fue esto o aquello. Nos parece que no fue ni esto ni aquello, o si se prefiere, que fue esto y aquello. Con toda seguridad, estuvo profundamente influido por el naturalismo hilozoísta y mágico del Renacimiento y muy probablemente también la mística alemana tenía en él un adepto. Combatió violentamente la ciencia médica de su tiempo y proclamó el valor y la necesidad de la «experiencia»; pero la experiencia que él preconizaba no tenía nada en común con la experiencia tal como nosotros la entendemos hoy. Combatió la alquimia y la astrologia, pero no porque no creyese en la influencia de los astros o en la posibilidad de fabricar oro. Al contrario: la influencia de los astros era para él algo tan seguro y tan fuera de duda como la vida del mundo; era, además, el único medio de explicar razonablemente la producción y la propagación de las enfermedades epidémicas; y en cuanto a la transmutación de los metales, ¿cómo podía él, discípulo de Trithemius, dudar de su posibilidad, él que había trabajado en las minas de los Függer, que había visto cómo «crecían y se desarrollaban los metales»?
  
-La alquimia y la astrologia con sus conceptos clave de Tinctur (tinctura) y de Gestirn (astrum) eran para él los fundamentos mismos de su ciencia, de la ciencia del médico, las dos columnas maestras que sostenían el edificio de la [[philokalia:philokalia-termos:philosophia:start|philosophia]] sagax.+La alquimia y la astrologia con sus conceptos clave de Tinctur (tinctura) y de Gestirn (astrum) eran para él los fundamentos mismos de su ciencia, de la ciencia del médico, las dos columnas maestras que sostenían el edificio de la philosophia sagax.
  
 No nos extrañemos: Paracelso era hombre de su tiempo y en su época todo el mundo creía tanto en la transmutación de los metales como en la influencia de los astros; vayamos más lejos aún: era en nuestra opinión perfectamente lógico creer en ello y Paracelso dio realmente muestra de espíritu crítico al no querer admitir la influencia de los astros más que para explicar fenómenos masivos como epidemias, etc. Quienes no admitían la influencia astral no iban por delante de su tiempo. Tenían sentido común, pero ningún pensamiento auténticamente científico. La crítica de la astrologia judiciaria se apoyaba en razonamientos teológicos, en la noción del libre albedrío, en consideraciones sobre la identidad del lugar y de la hora del nacimiento de personas diversas: lugares comunes repetidos hasta la saciedad desde la antigüedad. Paracelso, por otra parte, admitía todo cuanto estaba bien fundado. No nos extrañemos: Paracelso era hombre de su tiempo y en su época todo el mundo creía tanto en la transmutación de los metales como en la influencia de los astros; vayamos más lejos aún: era en nuestra opinión perfectamente lógico creer en ello y Paracelso dio realmente muestra de espíritu crítico al no querer admitir la influencia de los astros más que para explicar fenómenos masivos como epidemias, etc. Quienes no admitían la influencia astral no iban por delante de su tiempo. Tenían sentido común, pero ningún pensamiento auténticamente científico. La crítica de la astrologia judiciaria se apoyaba en razonamientos teológicos, en la noción del libre albedrío, en consideraciones sobre la identidad del lugar y de la hora del nacimiento de personas diversas: lugares comunes repetidos hasta la saciedad desde la antigüedad. Paracelso, por otra parte, admitía todo cuanto estaba bien fundado.
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 La Vida y la Naturaleza, he ahí los grandes temas de la filosofía paracelsista, así como de toda la filosofía del Renacimiento; la vida y la naturaleza, o mejor, la vida-naturaleza, porque la naturaleza es vida, y la vida es la esencia más profunda de la naturaleza. El mundo está vivo, vivo en todas sus partes, pequeñas o grandes, y no hay en él nada que no lo esté: las piedras y los astros, los metales, el aire y el fuego. Todo está vivo y el universo en su totalidad es un río eterno de vida. Ese río se propaga y se rompe en corrientes aisladas y múltiples; las corrientes se encuentran, luchan, se combaten, y todos proceden de una sola y misma fuente y vienen a perderse en un mismo océano de vida. La Vida y la Naturaleza, he ahí los grandes temas de la filosofía paracelsista, así como de toda la filosofía del Renacimiento; la vida y la naturaleza, o mejor, la vida-naturaleza, porque la naturaleza es vida, y la vida es la esencia más profunda de la naturaleza. El mundo está vivo, vivo en todas sus partes, pequeñas o grandes, y no hay en él nada que no lo esté: las piedras y los astros, los metales, el aire y el fuego. Todo está vivo y el universo en su totalidad es un río eterno de vida. Ese río se propaga y se rompe en corrientes aisladas y múltiples; las corrientes se encuentran, luchan, se combaten, y todos proceden de una sola y misma fuente y vienen a perderse en un mismo océano de vida.
  
-No fue en los libros ni en las doctrinas de los filósofos clásicos donde Paracelso aprendió su «sentimiento de la naturaleza»; no es en el estoicismo, ni en la Cábala, ni en el Neoplatonismo de la Academia florentina donde se hallan las fuentes de su «filosofía»; no es tampoco en Pico della Mirándola, ni en [[theosophos:cabala-crista:reuchlin:start|Reuchlin]], ni en [[theosophos:agrippa:start|Agrippa]] de Nettesheim, donde fue a buscar los elementos, aunque, por supuesto, las lecturas, las tradiciones, las doctrinas, todo fue utilizado por él para desarrollar su imagen del mundo; fue sobre todo en sí mismo — como, por otro lado, ocurre con el Renacimiento en todas partes — donde había encontrado la imagen del mundo que le obsesionaba.+No fue en los libros ni en las doctrinas de los filósofos clásicos donde Paracelso aprendió su «sentimiento de la naturaleza»; no es en el estoicismo, ni en la Cábala, ni en el Neoplatonismo de la Academia florentina donde se hallan las fuentes de su «filosofía»; no es tampoco en Pico della Mirándola, ni en Reuchlin, ni en Agrippa de Nettesheim, donde fue a buscar los elementos, aunque, por supuesto, las lecturas, las tradiciones, las doctrinas, todo fue utilizado por él para desarrollar su imagen del mundo; fue sobre todo en sí mismo — como, por otro lado, ocurre con el Renacimiento en todas partes — donde había encontrado la imagen del mundo que le obsesionaba.
  
 Para Paracelso, y en esto no es más que hijo de su tiempo, la naturaleza no es ni un sistema de leyes, ni un sistema corporal regido por leyes. La naturaleza es esa fuerza vital y mágica que sin cesar crea, produce y lanza al mundo niños. La naturaleza lo puede todo, porque ella es todo, o todo cuanto pasa y todo cuanto se crea en el mundo es naturaleza y lo produce la naturaleza. La naturaleza es comparable al hombre, a ese chorro interior que en nuestra alma hace surgir los pensamientos, los deseos, las imágenes. Pero nuestros deseos, nuestros pensamientos, aunque profundamente distintos entre sí, aunque combatiéndose mutuamente en nuestra alma, son, no obstante, alimentados por ella; todos llevan su sello, todos forman parte del alma y, distintos del alma, no son el alma. Ocurre exactamente como con los seres vivos — y todos los seres lo son —: son «productos naturales», «hijos» de una sola y misma fuerza vital y mágica que está presente por doquier, en todos y en todo, que está en cada uno de ellos y no es ninguno. Para Paracelso, y en esto no es más que hijo de su tiempo, la naturaleza no es ni un sistema de leyes, ni un sistema corporal regido por leyes. La naturaleza es esa fuerza vital y mágica que sin cesar crea, produce y lanza al mundo niños. La naturaleza lo puede todo, porque ella es todo, o todo cuanto pasa y todo cuanto se crea en el mundo es naturaleza y lo produce la naturaleza. La naturaleza es comparable al hombre, a ese chorro interior que en nuestra alma hace surgir los pensamientos, los deseos, las imágenes. Pero nuestros deseos, nuestros pensamientos, aunque profundamente distintos entre sí, aunque combatiéndose mutuamente en nuestra alma, son, no obstante, alimentados por ella; todos llevan su sello, todos forman parte del alma y, distintos del alma, no son el alma. Ocurre exactamente como con los seres vivos — y todos los seres lo son —: son «productos naturales», «hijos» de una sola y misma fuerza vital y mágica que está presente por doquier, en todos y en todo, que está en cada uno de ellos y no es ninguno.
  
-No fueron, en nuestra opinión, razonamientos especulativos los que llevaron a Paracelso a su panvitalismo mágico igual que ocurrió con la mayoría de los contemporáneos. Al contrario, fue la vida exuberante cuyas pulsaciones sentían en sí mismos, la actitud nueva hacia esa vida que, única en el desorden y en el desmoronamiento de las instituciones, de las doctrinas y de las creencias, pese a todo y contra todo, mantenía su fuerza y su vitalidad; esa vida era la que les hacía buscar razonamientos especulativos para basamentar racionalmente lo que no era otra cosa que una actitud del espíritu. Actitud del espíritu — ¿o del alma? — que no se oponía al mundo, sino que vivía con él, que sentía su parentesco con él, que se veía antes que nada como una parte del mundo, del universo, que, incluso oponiéndose, no podía olvidar los lazos vitales que la vinculaban a él. Actitud de un alma que, para resumir, vivía más que pensaba, y que vivía tanto en el [[biblia:figuras:cuerpo:start|cuerpo]] como en el espíritu.+No fueron, en nuestra opinión, razonamientos especulativos los que llevaron a Paracelso a su panvitalismo mágico igual que ocurrió con la mayoría de los contemporáneos. Al contrario, fue la vida exuberante cuyas pulsaciones sentían en sí mismos, la actitud nueva hacia esa vida que, única en el desorden y en el desmoronamiento de las instituciones, de las doctrinas y de las creencias, pese a todo y contra todo, mantenía su fuerza y su vitalidad; esa vida era la que les hacía buscar razonamientos especulativos para basamentar racionalmente lo que no era otra cosa que una actitud del espíritu. Actitud del espíritu — ¿o del alma? — que no se oponía al mundo, sino que vivía con él, que sentía su parentesco con él, que se veía antes que nada como una parte del mundo, del universo, que, incluso oponiéndose, no podía olvidar los lazos vitales que la vinculaban a él. Actitud de un alma que, para resumir, vivía más que pensaba, y que vivía tanto en el cuerpo como en el espíritu.
  
-Y las razones especulativas, a poco que se molestasen en buscarlas, no faltaban. No había más que echar mano del venerable principio del razonamiento por analogía en un sentido vitalista para, procediendo como en buena lógica se debe hacer, de lo conocido a lo desconocido, llegar a la no menos antigua y no menos venerable doctrina del hombre microcosmos, centro, imagen y representante del mundo, libro en el que se contienen, y donde pueden leerse, los secretos y las maravillas del macrocosmos o del macrantropos. No había más que volver a tomar desde este punto de vista la doctrina clásica del hombre, imagen y semejanza de Dios para formarse, razonando por analogía, una imagen coherente del universo, cuerpo visible del espíritu invisible, expresión tangible de fuerzas inmateriales. En efecto, ¿cómo conocer algo de lo que se estuviera completa y perfectamente alejado? Conocer, ¿no es acaso asimilar, no es volverse en cierta forma idéntico al objeto o a la persona que se quiere conocer? Una vez más, en este punto la tradición concordaba perfectamente con la sabiduría popular. Nadie puede entender lo que no ha experimentado por sí mismo, nadie puede comprender a otro si no puede, en cierta [[evangelho-de-jesus:logia-jesus:logia-jesus:medida:start|Medida]], identificarse con él, hacer revivir en sí mismo sus sentimientos, ponerse en su lugar, sentir como él. No hay conocimiento sin simpatía, y no hay simpatía sin semejanza. Sólo el semejante conoce a sus semejantes; por eso nosotros podemos conocer en nuestro interior lo que es semejante fuera de nosotros mismos.+Y las razones especulativas, a poco que se molestasen en buscarlas, no faltaban. No había más que echar mano del venerable principio del razonamiento por analogía en un sentido vitalista para, procediendo como en buena lógica se debe hacer, de lo conocido a lo desconocido, llegar a la no menos antigua y no menos venerable doctrina del hombre microcosmos, centro, imagen y representante del mundo, libro en el que se contienen, y donde pueden leerse, los secretos y las maravillas del macrocosmos o del macrantropos. No había más que volver a tomar desde este punto de vista la doctrina clásica del hombre, imagen y semejanza de Dios para formarse, razonando por analogía, una imagen coherente del universo, cuerpo visible del espíritu invisible, expresión tangible de fuerzas inmateriales. En efecto, ¿cómo conocer algo de lo que se estuviera completa y perfectamente alejado? Conocer, ¿no es acaso asimilar, no es volverse en cierta forma idéntico al objeto o a la persona que se quiere conocer? Una vez más, en este punto la tradición concordaba perfectamente con la sabiduría popular. Nadie puede entender lo que no ha experimentado por sí mismo, nadie puede comprender a otro si no puede, en cierta Medida, identificarse con él, hacer revivir en sí mismo sus sentimientos, ponerse en su lugar, sentir como él. No hay conocimiento sin simpatía, y no hay simpatía sin semejanza. Sólo el semejante conoce a sus semejantes; por eso nosotros podemos conocer en nuestro interior lo que es semejante fuera de nosotros mismos.
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