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| ===== RAMA NOME JESUS II ===== | ===== RAMA NOME JESUS II ===== |
| [[estudos:rama-coomaraswamy:start|Rama Coomaraswamy]] — SOBRE O NOME DE JESUS II | Rama Coomaraswamy — SOBRE O NOME DE JESUS II |
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| (14) La invocación del Nombre de Jesús cumple todos estos prerrequisitos en un grado muy notable. Es a la vez una Doctrina y un Método, y es simultáneamente un canal eficacísimo para la efusión de la gracia. No hay que sorprenderse entonces de que, como dice el Padre Schwertner en su artículo sobre “La Devoción al Adorable Nombre de Jesús”, “no hay ninguna devoción a nuestro Señor —excepto al Santísimo Sacramento mismo— que tenga mejores garantías Escriturales, ninguna más rígidamente dogmática, ninguna más rica en sus sanciones y apoyos patrísticos” (Holy Name Society Publication). | (14) La invocación del Nombre de Jesús cumple todos estos prerrequisitos en un grado muy notable. Es a la vez una Doctrina y un Método, y es simultáneamente un canal eficacísimo para la efusión de la gracia. No hay que sorprenderse entonces de que, como dice el Padre Schwertner en su artículo sobre “La Devoción al Adorable Nombre de Jesús”, “no hay ninguna devoción a nuestro Señor —excepto al Santísimo Sacramento mismo— que tenga mejores garantías Escriturales, ninguna más rígidamente dogmática, ninguna más rica en sus sanciones y apoyos patrísticos” (Holy Name Society Publication). |
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| (15) “Y el [[biblia:figuras:verbo:start|Verbo]] se hizo carne” Juan I, 14). Estas palabras pueden aplicarse con aptitud suma al Nombre que es, por así decir, el aspecto o la manifestación auditiva de la esencia divina. Ciertamente, S. [[medievo:bernardino:start|Bernardino de Siena]] nos enseña esto en su sermón sobre “El Glorioso Nombre de Jesucristo”, y el Apóstol Juan da testimonio de esto en el Apocalipsis diciendo “Su Nombre se llama el Verbo de Dios” (XIX, 13). Jesús mismo dice “He manifestado Tu Nombre a los hombres que Tú me has dado... porque yo les he comunicado las palabras que Tú me diste” Juan XVII, 6), [[ate-agostinho:origenes:start|Orígenes]] nos dice en su Comentario sobre el Cantar de los Cantares que “Dios se vació a Sí mismo, para que Su Nombre fuera como bálsamo derramado, para no morar ya más en la luz inaccesible y permanecer en la forma de Dios, sólo para que el Verbo pudiera hacerse carne.” | (15) “Y el Verbo se hizo carne” Juan I, 14). Estas palabras pueden aplicarse con aptitud suma al Nombre que es, por así decir, el aspecto o la manifestación auditiva de la esencia divina. Ciertamente, S. Bernardino de Siena nos enseña esto en su sermón sobre “El Glorioso Nombre de Jesucristo”, y el Apóstol Juan da testimonio de esto en el Apocalipsis diciendo “Su Nombre se llama el Verbo de Dios” (XIX, 13). Jesús mismo dice “He manifestado Tu Nombre a los hombres que Tú me has dado... porque yo les he comunicado las palabras que Tú me diste” Juan XVII, 6), Orígenes nos dice en su Comentario sobre el Cantar de los Cantares que “Dios se vació a Sí mismo, para que Su Nombre fuera como bálsamo derramado, para no morar ya más en la luz inaccesible y permanecer en la forma de Dios, sólo para que el Verbo pudiera hacerse carne.” |
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| (16) Que no haya ninguna confusión en cuanto a lo que se entiende por el Nombre. A Él se le ha dado un “Nombre que es sobre todos los nombres” Es un Nombre “sobre todo principado, y potestad y virtud, y dominación, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este mundo, sino en ese que ha de venir”. Ahora bien, esto implica no sólo que Jesús es un Nombre más apropiado para Dios que todo otro —aunque tal es así, sino que también nos instruye que este Nombre significa “la economía entera de la Encarnación y de la Redención... la Sabiduría, el Poder, la Bondad, la Majestad y todos los atributos de Dios” (S. Agustín). Como dice el Padre Thomas de Jesús: “Isaías Le llamó por los nombres de Maravilla, Consejero, Dios Todopoderoso, el Padre del mundo por venir, el Príncipe de la Paz y muchas otras cosas, todas las cuales se encierran en el Nombre de Jesús, del cual éstos otros son solamente explicaciones” (Sufrimientos de Jesucristo). Santo [[medievo:tomas-de-aquino:start|Tomás de Aquino]] nos dice que “nosotros no podemos nombrar un objeto excepto cuando lo comprendemos, no podemos dar nombres a Dios excepto en los términos de las perfecciones percibidas en otras cosas que tienen su origen en Él” (Compendium). Sin embargo, Él es “nombrado el Verbo de Dios” (Apoc. XIX, 13) y Santo Tomás nos dice también que “el Verbo único de Dios expresa, por así decir, en un instante único, todo lo que es en Dios” (de diff. divini Verbi et humani). S. Dionísio el Areopagita dice que muchos nombres son atribuidos a Dios en una “revelación simbólica de Sus beneficientes emanaciones” y enumera la perfusión de éstos incluyendo “Verdad”, “Sabiduría”, “Verbo”, “Antiguo de los Días”, “Sol”, “Brisa”, pero, por encima de todos, dice, este Nombre secreto se hace manifiesto ahora en “ese Nombre que es sobre todos los Nombres”. Se sigue así que el Nombre de Jesús es un nombre revelado, un Nombre existente en la mente y en el seno del Padre antes de todos los tiempos, un Nombre de Poder, un “Nombre Maravilloso” como dice el salmista David, y un “Nombre inexplicable” como dice Santo Tomás en su comentario sobre el Padre Nuestro. San Bernardino de Siena dice que “el Nombre de Jesús es Dios mismo, a través del cual, Dios Padre y el Espíritu Santo comunican en la Unidad Divina” (Sermón sobre el Nombre). Tanto Jeremías como Amós afirman claramente “Dominus nomen eius—el Señor es Su Nombre” (Jer. XXXIII, 2; Amos, IX, 6). Así, Cornelius Lapide, en su comentario sobre la carta de S. Pablo a los Filipenses, dice que, “Nomen ergo [[philokalia:philokalia-termos:dei:start|dei]], est ipse [[biblia:figuras:divindade:deus:start|Deus]] et divinitas —en verdad, el Nombre de Dios es Dios y [[biblia:figuras:divindade:divino:start|Divino]]”. Más recientemente el Padre Prat S. J. ha dicho en su Vida de [[biblia:figuras:nt-personagens:cristo:start|Cristo]] que “en la Sagrada Escritura el ‘Nombre’ de Dios es Dios mismo, hecho manifiesto al hombre en la voz de la creación, revelado a los cristianos a través de la instrumentalidad de Cristo”. Y así, “El Verbo se hizo carne”. | (16) Que no haya ninguna confusión en cuanto a lo que se entiende por el Nombre. A Él se le ha dado un “Nombre que es sobre todos los nombres” Es un Nombre “sobre todo principado, y potestad y virtud, y dominación, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este mundo, sino en ese que ha de venir”. Ahora bien, esto implica no sólo que Jesús es un Nombre más apropiado para Dios que todo otro —aunque tal es así, sino que también nos instruye que este Nombre significa “la economía entera de la Encarnación y de la Redención... la Sabiduría, el Poder, la Bondad, la Majestad y todos los atributos de Dios” (S. Agustín). Como dice el Padre Thomas de Jesús: “Isaías Le llamó por los nombres de Maravilla, Consejero, Dios Todopoderoso, el Padre del mundo por venir, el Príncipe de la Paz y muchas otras cosas, todas las cuales se encierran en el Nombre de Jesús, del cual éstos otros son solamente explicaciones” (Sufrimientos de Jesucristo). Santo Tomás de Aquino nos dice que “nosotros no podemos nombrar un objeto excepto cuando lo comprendemos, no podemos dar nombres a Dios excepto en los términos de las perfecciones percibidas en otras cosas que tienen su origen en Él” (Compendium). Sin embargo, Él es “nombrado el Verbo de Dios” (Apoc. XIX, 13) y Santo Tomás nos dice también que “el Verbo único de Dios expresa, por así decir, en un instante único, todo lo que es en Dios” (de diff. divini Verbi et humani). S. Dionísio el Areopagita dice que muchos nombres son atribuidos a Dios en una “revelación simbólica de Sus beneficientes emanaciones” y enumera la perfusión de éstos incluyendo “Verdad”, “Sabiduría”, “Verbo”, “Antiguo de los Días”, “Sol”, “Brisa”, pero, por encima de todos, dice, este Nombre secreto se hace manifiesto ahora en “ese Nombre que es sobre todos los Nombres”. Se sigue así que el Nombre de Jesús es un nombre revelado, un Nombre existente en la mente y en el seno del Padre antes de todos los tiempos, un Nombre de Poder, un “Nombre Maravilloso” como dice el salmista David, y un “Nombre inexplicable” como dice Santo Tomás en su comentario sobre el Padre Nuestro. San Bernardino de Siena dice que “el Nombre de Jesús es Dios mismo, a través del cual, Dios Padre y el Espíritu Santo comunican en la Unidad Divina” (Sermón sobre el Nombre). Tanto Jeremías como Amós afirman claramente “Dominus nomen eius—el Señor es Su Nombre” (Jer. XXXIII, 2; Amos, IX, 6). Así, Cornelius Lapide, en su comentario sobre la carta de S. Pablo a los Filipenses, dice que, “Nomen ergo dei, est ipse Deus et divinitas —en verdad, el Nombre de Dios es Dios y Divino”. Más recientemente el Padre Prat S. J. ha dicho en su Vida de Cristo que “en la Sagrada Escritura el ‘Nombre’ de Dios es Dios mismo, hecho manifiesto al hombre en la voz de la creación, revelado a los cristianos a través de la instrumentalidad de Cristo”. Y así, “El Verbo se hizo carne”. |
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| (17) “Y se cumplieron los días de su parto y dio a luz a su hijo primogénito... y Su Nombre fue llamado Jesús, que le fue dado por el ángel antes de que fuera concebido en el seno” (Lucas II). S. Atanasio dice que “el Verbo se manifestó” en la creación, y prosigue diciendo que “La renovación de la creación ha sido hecha por el mismísimo Verbo que la hizo en el comienzo” (De Incarnatione Verbi Dei). Ahora bien, “en el comienzo” no implica un origen en el tiempo, sino un origen en el Primer Principio, y de aquí se sigue la deducción lógica de que Dios (el Eterno) está creando el mundo ahora, de la misma manera que fue siempre. Es así como dice Eckhart que “el comienzo de Dios es principial, no procedente”; y también que “el Verbo eterno está naciendo dentro del alma, su verdadero sí mismo, no menos incesantemente”. Dice además, citando a S. Agustín, que “este nacimiento está aconteciendo siempre. Pero si no acontece en mí, ¿de qué me aprovecha?”. Y si esto acontece en la plenitud del tiempo, debemos recordar que “el tiempo está cumplido cuando está acabado, es decir en la eternidad... aquí no hay ningún antes ni después; todo es presente.... A obtener esta plenitud del tiempo, ayúdanos Señor” (Eckhart nuevamente). | (17) “Y se cumplieron los días de su parto y dio a luz a su hijo primogénito... y Su Nombre fue llamado Jesús, que le fue dado por el ángel antes de que fuera concebido en el seno” (Lucas II). S. Atanasio dice que “el Verbo se manifestó” en la creación, y prosigue diciendo que “La renovación de la creación ha sido hecha por el mismísimo Verbo que la hizo en el comienzo” (De Incarnatione Verbi Dei). Ahora bien, “en el comienzo” no implica un origen en el tiempo, sino un origen en el Primer Principio, y de aquí se sigue la deducción lógica de que Dios (el Eterno) está creando el mundo ahora, de la misma manera que fue siempre. Es así como dice Eckhart que “el comienzo de Dios es principial, no procedente”; y también que “el Verbo eterno está naciendo dentro del alma, su verdadero sí mismo, no menos incesantemente”. Dice además, citando a S. Agustín, que “este nacimiento está aconteciendo siempre. Pero si no acontece en mí, ¿de qué me aprovecha?”. Y si esto acontece en la plenitud del tiempo, debemos recordar que “el tiempo está cumplido cuando está acabado, es decir en la eternidad... aquí no hay ningún antes ni después; todo es presente.... A obtener esta plenitud del tiempo, ayúdanos Señor” (Eckhart nuevamente). |
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| (18) Pero este nacimiento sólo puede “consumarse en el alma virtuosa; pues es en el alma perfecta donde Dios habla Su Verbo” (Eckhart). Prosigue más y dice, “Es más precioso para Dios Su ser parido espiritualmente en el alma individual virgen o buena, que el haber nacido de María corporalmente”, pues “Dios creó el alma según Su propia naturaleza perfectísima a fin de que pudiera ser esposa de su Hijo Unigénito... de manera que levantando la tienda de Su gloria eterna, el Hijo procedió del Altísimo para ir y recoger a Su Señora, que Su Padre Le había dado eternamente como esposa, y restaurarla a su elevado estado anterior”. Es así como nuestra Co-redentora es a un mismo tiempo Su Madre, Su Hija, y su Esposa, coronada en el cielo como Su Reina. ¡Y todo esto es posible para nosotros!. Por esto es por lo que dice S. Buenaventura: “Oh alma devota, si te regocijas en el feliz nacimiento, recuerda que primero debes ser María” (Opuscula II). Por esto es por lo que dice [[contra-reforma:silesius:start|Angelus Silesius]]: “Debo ser María y dar nacimiento a Dios” (El Peregrino Querubínico). Por esto es por lo que dice S. Luis María Griñón de Montfort: “Cuanto más encuentra el Espíritu Santo... a María, Su querida e inseparable esposa, en un alma, tanto más activo y poderoso deviene en producir a Jesucristo en esa alma”; y también, “Dios Padre quiere tener hijos de María hasta la consumación del mundo” (De la verdadera Devoción a María). Nuestra Señora encarna en ella, en su plenitud, todas esas virtudes que nosotros debemos hacer nuestras, si, como ella, hemos de ser también portadores de Cristo. Como Ella, debemos ser capaces de decir: “Hágase en mí según Tu Palabra” (Magnificat). Pues, como dice Eckhart, cuando “el Padre habla Su Verbo dentro del alma, y cuando nace el ‘Hijo’, el alma deviene María”. | (18) Pero este nacimiento sólo puede “consumarse en el alma virtuosa; pues es en el alma perfecta donde Dios habla Su Verbo” (Eckhart). Prosigue más y dice, “Es más precioso para Dios Su ser parido espiritualmente en el alma individual virgen o buena, que el haber nacido de María corporalmente”, pues “Dios creó el alma según Su propia naturaleza perfectísima a fin de que pudiera ser esposa de su Hijo Unigénito... de manera que levantando la tienda de Su gloria eterna, el Hijo procedió del Altísimo para ir y recoger a Su Señora, que Su Padre Le había dado eternamente como esposa, y restaurarla a su elevado estado anterior”. Es así como nuestra Co-redentora es a un mismo tiempo Su Madre, Su Hija, y su Esposa, coronada en el cielo como Su Reina. ¡Y todo esto es posible para nosotros!. Por esto es por lo que dice S. Buenaventura: “Oh alma devota, si te regocijas en el feliz nacimiento, recuerda que primero debes ser María” (Opuscula II). Por esto es por lo que dice Angelus Silesius: “Debo ser María y dar nacimiento a Dios” (El Peregrino Querubínico). Por esto es por lo que dice S. Luis María Griñón de Montfort: “Cuanto más encuentra el Espíritu Santo... a María, Su querida e inseparable esposa, en un alma, tanto más activo y poderoso deviene en producir a Jesucristo en esa alma”; y también, “Dios Padre quiere tener hijos de María hasta la consumación del mundo” (De la verdadera Devoción a María). Nuestra Señora encarna en ella, en su plenitud, todas esas virtudes que nosotros debemos hacer nuestras, si, como ella, hemos de ser también portadores de Cristo. Como Ella, debemos ser capaces de decir: “Hágase en mí según Tu Palabra” (Magnificat). Pues, como dice Eckhart, cuando “el Padre habla Su Verbo dentro del alma, y cuando nace el ‘Hijo’, el alma deviene María”. |
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| Magnifique al Señor el alma de María en cada uno de nosotros | Magnifique al Señor el alma de María en cada uno de nosotros |
| Regocíjese en Dios el espíritu de María en cada uno de nosotros. | Regocíjese en Dios el espíritu de María en cada uno de nosotros. |
| Plegaria de S. Ambrosio. | Plegaria de S. Ambrosio. |
| (19) Ahora Bien, la “Esposa de Cristo es una virgen”. Esto es sumamente extraño, pues como dice Teofilacto según S. Juan [[ate-agostinho:crisostomo:start|Crisóstomo]]: “Las esposas no permanecen vírgenes después del matrimonio. Pero las esposas de Cristo, del mismo modo que antes del matrimonio no eran vírgenes, así después del matrimonio devienen vírgenes, purísimas en la fe, enteras, e incorruptas en vida” (citado por Cornelius Lapide). Como dice S. Agustín, “La virginidad del alma consiste en una fe perfecta, en una esperanza bien fundamentada y en un amor sin fisuras” (Tract. XIII sobre S. Juan). Es significativo que la Fiesta del Santo Nombre de Jesús esté establecida en el segundo Domingo después de Epifanía, el cual recuerda las [[evangelho-de-jesus:milagres-de-jesus:bodas:start|Bodas]] de Caná. Esto se debe a que “es en el día de la boda cuando el Novio da su Nombre a la esposa, y eso es un signo de que, desde ese día en adelante, ella Le pertenece a Él sólo” (Gueranguer, el Año Litúrgico). Como dice Cornelius Lapide: “aquellos cuyas almas arden de la caridad, y que siempre están dándose a ella, saborean la beatitud de los esponsales con Dios y la posesión de Sus dones nupciales plenos de alegrías divinas. Pues la caridad es una unión matrimonial, la fusión de dos voluntades, la Divina y la humana, en una sola, en donde Dios y el hombre concuerdan mutuamente en todas las cosas”. “Seamos virginizados”, entonces, como dice Santa Teresa de Lisieux en una carta a Celine, a fin de que podamos devenir en estado de preñez. “Yo no soy casta a menos de que Tu me raptes” (John Donne) | (19) Ahora Bien, la “Esposa de Cristo es una virgen”. Esto es sumamente extraño, pues como dice Teofilacto según S. Juan Crisóstomo: “Las esposas no permanecen vírgenes después del matrimonio. Pero las esposas de Cristo, del mismo modo que antes del matrimonio no eran vírgenes, así después del matrimonio devienen vírgenes, purísimas en la fe, enteras, e incorruptas en vida” (citado por Cornelius Lapide). Como dice S. Agustín, “La virginidad del alma consiste en una fe perfecta, en una esperanza bien fundamentada y en un amor sin fisuras” (Tract. XIII sobre S. Juan). Es significativo que la Fiesta del Santo Nombre de Jesús esté establecida en el segundo Domingo después de Epifanía, el cual recuerda las Bodas de Caná. Esto se debe a que “es en el día de la boda cuando el Novio da su Nombre a la esposa, y eso es un signo de que, desde ese día en adelante, ella Le pertenece a Él sólo” (Gueranguer, el Año Litúrgico). Como dice Cornelius Lapide: “aquellos cuyas almas arden de la caridad, y que siempre están dándose a ella, saborean la beatitud de los esponsales con Dios y la posesión de Sus dones nupciales plenos de alegrías divinas. Pues la caridad es una unión matrimonial, la fusión de dos voluntades, la Divina y la humana, en una sola, en donde Dios y el hombre concuerdan mutuamente en todas las cosas”. “Seamos virginizados”, entonces, como dice Santa Teresa de Lisieux en una carta a Celine, a fin de que podamos devenir en estado de preñez. “Yo no soy casta a menos de que Tu me raptes” (John Donne) |
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| ...De las Vírgenes puras ninguna | ...De las Vírgenes puras ninguna |
| En la primera venida, Él viene en la carne y en debilidad; en la segunda, viene en espíritu y en poder; en la tercera, viene en gloria y majestad; y la segunda venida es el medio por el cual nosotros pasamos de la primera a la tercera. | En la primera venida, Él viene en la carne y en debilidad; en la segunda, viene en espíritu y en poder; en la tercera, viene en gloria y majestad; y la segunda venida es el medio por el cual nosotros pasamos de la primera a la tercera. |
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| El Venerable [[biblia:figuras:nt-personagens:discipulos:pedro:start|Pedro]] de Blois dice: | El Venerable Pedro de Blois dice: |
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| Estamos ahora en la segunda venida, provisto que seamos tales que Él pueda venir a nosotros; pues Él ha dicho que si Le amamos, Él vendrá a nosotros y hará de nosotros Su morada. Esta segunda venida está llena de incertidumbre para nosotros. (Sermón de adviento) | Estamos ahora en la segunda venida, provisto que seamos tales que Él pueda venir a nosotros; pues Él ha dicho que si Le amamos, Él vendrá a nosotros y hará de nosotros Su morada. Esta segunda venida está llena de incertidumbre para nosotros. (Sermón de adviento) |
| (25) Ciertamente uno puede llamar a la invocación del Nombre la “Plegaria de la Encarnación” pues el “Verbo hecho carne” se manifiesta de una manera singularísima en este Nombre. “En el Nombre de Jesús toda (la creación) se inclina en el cielo, sobre la tierra, y en el infierno” (Filip. II,10). “Ofrezcamos el sacrificio de alabanza a Dios continuamente, es decir, el fruto de nuestros labios dando gracias a Su Nombre” (Heb. XIII, 15). “Sea el deseo de nuestras almas Tu Nombre y la rememoración de Ti” (Isaías XXVI, 8), y así “levantémonos y caminemos en el Nombre de Jesucristo de Nazaret” (Hechos III, 6), a fin de que “creyendo, podamos tener vida a través de Su Nombre” (Juan XX, 31). ¿No se nos ha dicho que “si pedimos al Padre algo en Su Nombre, Él nos lo dará” (Juan XIV,14)?. “Alabemos Su Nombre grande y terrible, y démosLe gloria con la voz de nuestros labios, y con cánticos en nuestras bocas, y con arpas” (Ecccles. XXIX, 20). Pues su Nombre es “como óleo derramado” (Cant. I, 3) y “donde dos o tres se juntan en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mat. XVIII, 20). ¿Y quienes son los “dos o tres”?. Son, según Santa Catalina de Siena (Diálogos) y S. Juan de la Cruz (Subida al Monte Carmelo), la “inteligencia, la voluntad y la memoria”. | (25) Ciertamente uno puede llamar a la invocación del Nombre la “Plegaria de la Encarnación” pues el “Verbo hecho carne” se manifiesta de una manera singularísima en este Nombre. “En el Nombre de Jesús toda (la creación) se inclina en el cielo, sobre la tierra, y en el infierno” (Filip. II,10). “Ofrezcamos el sacrificio de alabanza a Dios continuamente, es decir, el fruto de nuestros labios dando gracias a Su Nombre” (Heb. XIII, 15). “Sea el deseo de nuestras almas Tu Nombre y la rememoración de Ti” (Isaías XXVI, 8), y así “levantémonos y caminemos en el Nombre de Jesucristo de Nazaret” (Hechos III, 6), a fin de que “creyendo, podamos tener vida a través de Su Nombre” (Juan XX, 31). ¿No se nos ha dicho que “si pedimos al Padre algo en Su Nombre, Él nos lo dará” (Juan XIV,14)?. “Alabemos Su Nombre grande y terrible, y démosLe gloria con la voz de nuestros labios, y con cánticos en nuestras bocas, y con arpas” (Ecccles. XXIX, 20). Pues su Nombre es “como óleo derramado” (Cant. I, 3) y “donde dos o tres se juntan en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mat. XVIII, 20). ¿Y quienes son los “dos o tres”?. Son, según Santa Catalina de Siena (Diálogos) y S. Juan de la Cruz (Subida al Monte Carmelo), la “inteligencia, la voluntad y la memoria”. |
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| (26) En el Antiguo Testamento, se nos dice que si el Nombre Divino es invocado sobre un país o una persona, en adelante pertenece a Dios; deviene estrictamente Suyo y entra en relaciones íntimas con Él (Gen. XLVIII, 16; Deut. XXVIII, 10; Am. IX, 12). Es así como en el oficio de Completas, decimos cada noche “Tu autem in nobis es, Domine, et Nomem sanctum tuum invocatum est super nos...” (“Tú estás, en verdad, en nosotros, oh Señor, y Tu Santo Nombre es invocado sobre nosotros...”). En Génesis (IV, 26) leemos: “Y a Seth a su vez le nació un hijo y él le nombró Enoch. Fue entonces cuando los hombres comenzaron a invocar al Señor por el Nombre” (Jewis Publication Soc. Trans.), “¡Y Enoch andaba con Dios!”. “[[biblia:tipologia:moises:start|Moisés]] y Aaron invocaban el Nombre del Señor” ([[oracao:psalterium:salmos:start|Salmos]]). El profeta Ageo hablaba “en el Nombre del Señor” y Job “bendecía Su Santo Nombre”, Abraham “invocaba el Nombre” como hicieron Isaías, [[biblia:figuras:ezequiel-tetramorfos:start|Ezequiel]], Daniel y Jeremías. Miqueas y Zacarías “caminaban arriba y abajo en Su Nombre”. Como ha dicho el Apóstol Santiago, “todos los profetas han hablado en el Nombre del Señor” (Epis. V. 10). Y todo esto es sumamente razonable, pues como canta David, el Salmista, “Bonum est celebrare Domine, et psallere Nomini tuo Altissime —pues es bueno celebrar oh Señor, y cantar tu Nombre Altísimo”. | (26) En el Antiguo Testamento, se nos dice que si el Nombre Divino es invocado sobre un país o una persona, en adelante pertenece a Dios; deviene estrictamente Suyo y entra en relaciones íntimas con Él (Gen. XLVIII, 16; Deut. XXVIII, 10; Am. IX, 12). Es así como en el oficio de Completas, decimos cada noche “Tu autem in nobis es, Domine, et Nomem sanctum tuum invocatum est super nos...” (“Tú estás, en verdad, en nosotros, oh Señor, y Tu Santo Nombre es invocado sobre nosotros...”). En Génesis (IV, 26) leemos: “Y a Seth a su vez le nació un hijo y él le nombró Enoch. Fue entonces cuando los hombres comenzaron a invocar al Señor por el Nombre” (Jewis Publication Soc. Trans.), “¡Y Enoch andaba con Dios!”. “Moisés y Aaron invocaban el Nombre del Señor” (Salmos). El profeta Ageo hablaba “en el Nombre del Señor” y Job “bendecía Su Santo Nombre”, Abraham “invocaba el Nombre” como hicieron Isaías, Ezequiel, Daniel y Jeremías. Miqueas y Zacarías “caminaban arriba y abajo en Su Nombre”. Como ha dicho el Apóstol Santiago, “todos los profetas han hablado en el Nombre del Señor” (Epis. V. 10). Y todo esto es sumamente razonable, pues como canta David, el Salmista, “Bonum est celebrare Domine, et psallere Nomini tuo Altissime —pues es bueno celebrar oh Señor, y cantar tu Nombre Altísimo”. |
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| (27) La teología del Nuevo Testamento se basa principalmente en los escritos de S. Pablo, quien literalmente menciona el Nombre de Jesús cientos de veces. Y esto es sumamente apropiado pues Cristo mismo dijo de Pablo “tú eres un vaso de elección para llevar mi Nombre” (Hechos IX, 15). Y él fue quien nos enseñó “todo cuanto hagáis de palabra u obra, hacedlo en el Nombre del Señor Jesucristo” (Col. III, 17). Fue él quien dijo “Ningún otro Nombre bajo el cielo ha sido dado a los hombres por el cual podamos ser salvados” (Hechos IV, 12). Y nuevamente, fue él quien dijo “quienquiera que invocare el Nombre del Señor será salvado” (Rom. X, 13). Esta última promesa reitera lo que “La palabra del Señor” habló por la boca del profeta Joel (Joel II, 32) y que es confirmado también por Cristo mismo cuando Él dice “si pidiereis al Padre alguna cosa en mi Nombre, Él os lo dará” (Juan XVI, 24). No es sorprendente entonces que, como nos informa Santo Tomás de Aquino, “S. Pablo llevaba el Nombre de Jesús en su frente porque le glorificaba proclamándole a todos los hombres, le llevaba en sus labios porque amaba invocarle, en sus manos porque amaba escribirle, y en su corazón, porque su corazón ardía de amor de Él” (citado en las maravillas del Sagrado Nombre). S. Pablo no sólo vivió con este sagrado Nombre en sus labios y en su corazón; también murió repitiendo con su aliento final el Nombre JESÚS, JESÚS, JESÚS. | (27) La teología del Nuevo Testamento se basa principalmente en los escritos de S. Pablo, quien literalmente menciona el Nombre de Jesús cientos de veces. Y esto es sumamente apropiado pues Cristo mismo dijo de Pablo “tú eres un vaso de elección para llevar mi Nombre” (Hechos IX, 15). Y él fue quien nos enseñó “todo cuanto hagáis de palabra u obra, hacedlo en el Nombre del Señor Jesucristo” (Col. III, 17). Fue él quien dijo “Ningún otro Nombre bajo el cielo ha sido dado a los hombres por el cual podamos ser salvados” (Hechos IV, 12). Y nuevamente, fue él quien dijo “quienquiera que invocare el Nombre del Señor será salvado” (Rom. X, 13). Esta última promesa reitera lo que “La palabra del Señor” habló por la boca del profeta Joel (Joel II, 32) y que es confirmado también por Cristo mismo cuando Él dice “si pidiereis al Padre alguna cosa en mi Nombre, Él os lo dará” (Juan XVI, 24). No es sorprendente entonces que, como nos informa Santo Tomás de Aquino, “S. Pablo llevaba el Nombre de Jesús en su frente porque le glorificaba proclamándole a todos los hombres, le llevaba en sus labios porque amaba invocarle, en sus manos porque amaba escribirle, y en su corazón, porque su corazón ardía de amor de Él” (citado en las maravillas del Sagrado Nombre). S. Pablo no sólo vivió con este sagrado Nombre en sus labios y en su corazón; también murió repitiendo con su aliento final el Nombre JESÚS, JESÚS, JESÚS. |
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| (28) En la Iglesia primitiva no era necesario organizar la devoción al adorable Nombre de Jesús de una manera sistemática, pues aquella era una época en que, como dice S. Jerónimo, “la sangre de Cristo estaba todavía caliente en los corazones de los fieles”. Que su uso era común, está bien demostrado por el hecho de que muchos de los mártires murieron invocando el Nombre de Jesús de cara a horrendas torturas (Gesta Martyrum). Su uso por los padres del desierto es bien conocido; su inclusión en los prefacios y otras fórmulas litúrgicas de los primeros siglos está bien documentada. Los antiguos escritores eclesiásticos tales como S. Justino, [[ate-agostinho:tertuliano:start|Tertuliano]], Orígenes, S. [[ate-agostinho:cipriano:start|Cipriano]] y S. Clemente de Roma aprovechan toda oportunidad para alabarle en los términos más luminosos. | (28) En la Iglesia primitiva no era necesario organizar la devoción al adorable Nombre de Jesús de una manera sistemática, pues aquella era una época en que, como dice S. Jerónimo, “la sangre de Cristo estaba todavía caliente en los corazones de los fieles”. Que su uso era común, está bien demostrado por el hecho de que muchos de los mártires murieron invocando el Nombre de Jesús de cara a horrendas torturas (Gesta Martyrum). Su uso por los padres del desierto es bien conocido; su inclusión en los prefacios y otras fórmulas litúrgicas de los primeros siglos está bien documentada. Los antiguos escritores eclesiásticos tales como S. Justino, Tertuliano, Orígenes, S. Cipriano y S. Clemente de Roma aprovechan toda oportunidad para alabarle en los términos más luminosos. |
| (29) S. Ignacio de Antioquía, que sucedió a S. Pedro en la sede, fue a su martirio invocando el Nombre Divino y las letras JESÚS se encontraron inscritas en letras de oro en su corazón cuando murió. Esto impresionó tanto a S. Ignacio de Loyola que cambió su nombre de Iñigo a Ignacio (Biografía del Padre Laturia). Se han hecho afirmaciones similares sobre S. Camilo de Lelis y el Beato H. de [[misticismo-renano-flamengo:eckhart:seguidores:henri-suso:start|Suso]]. El [[ate-agostinho:pastor-de-hermas:start|Pastor de Hermas]] (circa 150 D.C) dice: “recibir el Nombre del Hijo de Dios es escapar a la muerte y dar vía a la vida”; dice también, “nadie puede entrar al Reino de Dios excepto a través del Nombre del Hijo”. Continua y dice también, “el Nombre del Hijo de Dios es grande e inmenso, y éste es el que soporta el mundo entero” (Pastor, Libro III). Orígenes (circa 215) dice “el Nombre de Jesús calma a las almas turbadas, pone en fuga a los demonios, cura al enfermo; su uso infunde un tipo de dulzura maravillosa; asegura la pureza de las costumbres; inspira bondad, generosidad, benignidad...” (Contra Celso, Libro I). S. Ambrosio (circa 370) amaba enormemente el Nombre y sentía que mientras éste estuvo contenido en [[philokalia:philokalia-termos:israel:start|Israel]] como un perfume en un vaso cerrado, el Nuevo Testamento era un vaso abierto desde el cual se derramaba ex abundantia superfluit quidquid effunditur—se derramaba de su abundancia casi como una inundación (de Spiritu Sancto, I, 8). S. Paulino de Nola (354-431) se refería al Nombre como “una ambrosía viva... si uno la saborea tan solo una vez, ya no será capaz de separarse de ella... es para los ojos una luz serena, para los oídos el sonido mismo de la vida” (Carmina IV). S. Juan Crisóstomo (circa 370) nos instruye a “permanecer así constantemente con el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que el corazón trague al Señor y el Señor al corazón, y los dos devegan uno”. S. Agustín dice de este Nombre que es “quod est nobis amicus et dulcius nominare —es tan agradable y dulce de pronunciar” (La Ciudad de Dios). S. Juan Clímaco (siglo VI) nos dice que “fustiguemos a nuestros adversarios con el Nombre de Jesús, pues no hay ningún arma más poderosa sobre la tierra ni en el cielo” (La Escala de Ascenso Divino). S. Patricio abogaba por el uso de la plegaria de Jesús, según se cuenta en la leyenda Dorada —y ésta en la forma Hesiquiasta exacta: “Señor Jesucristo, ten misericordia de mí, pecador”. Santo Tomás de Aquino, como se ha visto en el párrafo precedente, habla del uso de la invocación del Nombre por S. Pablo. El Concilio de Lyon, en 1274, resultó en que Gregório X escribió una carta a Juan de Vercelli, el entonces Superior General de los Dominicos, donde declaraba, “nos, hemos prescrito a los fieles... reverenciar de una manera particular ese Nombre que está por encima de todos los nombres...”. Este acto resultó en la fundación de la Sociedad del Santo Nombre —una organización que continúa existiendo en una forma algo diluida hasta los tiempos presentes. | (29) S. Ignacio de Antioquía, que sucedió a S. Pedro en la sede, fue a su martirio invocando el Nombre Divino y las letras JESÚS se encontraron inscritas en letras de oro en su corazón cuando murió. Esto impresionó tanto a S. Ignacio de Loyola que cambió su nombre de Iñigo a Ignacio (Biografía del Padre Laturia). Se han hecho afirmaciones similares sobre S. Camilo de Lelis y el Beato H. de Suso. El Pastor de Hermas (circa 150 D.C) dice: “recibir el Nombre del Hijo de Dios es escapar a la muerte y dar vía a la vida”; dice también, “nadie puede entrar al Reino de Dios excepto a través del Nombre del Hijo”. Continua y dice también, “el Nombre del Hijo de Dios es grande e inmenso, y éste es el que soporta el mundo entero” (Pastor, Libro III). Orígenes (circa 215) dice “el Nombre de Jesús calma a las almas turbadas, pone en fuga a los demonios, cura al enfermo; su uso infunde un tipo de dulzura maravillosa; asegura la pureza de las costumbres; inspira bondad, generosidad, benignidad...” (Contra Celso, Libro I). S. Ambrosio (circa 370) amaba enormemente el Nombre y sentía que mientras éste estuvo contenido en Israel como un perfume en un vaso cerrado, el Nuevo Testamento era un vaso abierto desde el cual se derramaba ex abundantia superfluit quidquid effunditur—se derramaba de su abundancia casi como una inundación (de Spiritu Sancto, I, 8). S. Paulino de Nola (354-431) se refería al Nombre como “una ambrosía viva... si uno la saborea tan solo una vez, ya no será capaz de separarse de ella... es para los ojos una luz serena, para los oídos el sonido mismo de la vida” (Carmina IV). S. Juan Crisóstomo (circa 370) nos instruye a “permanecer así constantemente con el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que el corazón trague al Señor y el Señor al corazón, y los dos devegan uno”. S. Agustín dice de este Nombre que es “quod est nobis amicus et dulcius nominare —es tan agradable y dulce de pronunciar” (La Ciudad de Dios). S. Juan Clímaco (siglo VI) nos dice que “fustiguemos a nuestros adversarios con el Nombre de Jesús, pues no hay ningún arma más poderosa sobre la tierra ni en el cielo” (La Escala de Ascenso Divino). S. Patricio abogaba por el uso de la plegaria de Jesús, según se cuenta en la leyenda Dorada —y ésta en la forma Hesiquiasta exacta: “Señor Jesucristo, ten misericordia de mí, pecador”. Santo Tomás de Aquino, como se ha visto en el párrafo precedente, habla del uso de la invocación del Nombre por S. Pablo. El Concilio de Lyon, en 1274, resultó en que Gregório X escribió una carta a Juan de Vercelli, el entonces Superior General de los Dominicos, donde declaraba, “nos, hemos prescrito a los fieles... reverenciar de una manera particular ese Nombre que está por encima de todos los nombres...”. Este acto resultó en la fundación de la Sociedad del Santo Nombre —una organización que continúa existiendo en una forma algo diluida hasta los tiempos presentes. |
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| (30) Cuando llegamos a los tiempos medievales, encontramos una extensión aún mayor de la devoción al Nombre. Fue así como el Nombre de Jesús estaba en la boca de S. Francisco “como la miel en el panal” (Tomás de Celano, biografía); y S. Francisco mismo escribió, “ningún hombre es digno de decir Tu Nombre” (alabanzas compuestas cuando el Señor le aseguró Su Reino). S. Bernardo escribió sermones enteros sobre el Nombre y dijo: “Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, un canto de delicia en el corazón” (Coment. Cantar de los Cantares). S. Buenaventura exclama, “Oh, alma, si escribes, lees, enseñas, o haces cualquier otra cosa, que nada tenga sabor alguno para ti, que nada te agrade excepto el Nombre de Jesús” (Opuscula). [[medievo:rolle:start|Richard Rolle]] dice, “Oh buen Jesús, Tú has sujeto mi corazón al pensamiento de Tu Nombre, y ahora no puedo sino cantarle: ten por tanto misericordia de mí, haciendo perfecto lo que Tú has ordenado” (Fuego de Amor). Angelus Silesius dice, “el dulce Nombre de Jesús, es miel en la lengua: para el oído es un canto nupcial, en el corazón un salto de alegría” (El Peregrino Querubínico). El Maesto Eckhart dice que “creyendo en el Nombre de Dios, nosotros somos hijos de Dios”. Richard de Saint Victor dice que “La invocación del Nombre es la posesión de la salvación, la recepción de los besos, la comunión del lecho, la unión del Verbo con el alma en la cual se salva cada hombre. Pues con una luz tal, nadie puede ser ciego, con un poder tal, nadie puede ser débil, con una salvación tal, nadie puede perecer” (Escritos Selectos). Tomás de [[misticismo-renano-flamengo:eckhart:seguidores:thomas-a-kempis:start|Kempis]] nos instruye que “puesto que estás viajando en esta peregrinación terrenal, tómate como provisión (viaticum), como báculo de pastor tenido firmemente en la mano, esta breve plegaria, “JESUS-MARÍA”... donde quieras que vayas, donde quiera que camines o te detengas o descanses, invoca a Jesús e invoca a María” (El Valle de los Lirios). El Nombre de MARÍA es también “divino” y de aquí que Dante escriba en el Paraíso: | (30) Cuando llegamos a los tiempos medievales, encontramos una extensión aún mayor de la devoción al Nombre. Fue así como el Nombre de Jesús estaba en la boca de S. Francisco “como la miel en el panal” (Tomás de Celano, biografía); y S. Francisco mismo escribió, “ningún hombre es digno de decir Tu Nombre” (alabanzas compuestas cuando el Señor le aseguró Su Reino). S. Bernardo escribió sermones enteros sobre el Nombre y dijo: “Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, un canto de delicia en el corazón” (Coment. Cantar de los Cantares). S. Buenaventura exclama, “Oh, alma, si escribes, lees, enseñas, o haces cualquier otra cosa, que nada tenga sabor alguno para ti, que nada te agrade excepto el Nombre de Jesús” (Opuscula). Richard Rolle dice, “Oh buen Jesús, Tú has sujeto mi corazón al pensamiento de Tu Nombre, y ahora no puedo sino cantarle: ten por tanto misericordia de mí, haciendo perfecto lo que Tú has ordenado” (Fuego de Amor). Angelus Silesius dice, “el dulce Nombre de Jesús, es miel en la lengua: para el oído es un canto nupcial, en el corazón un salto de alegría” (El Peregrino Querubínico). El Maesto Eckhart dice que “creyendo en el Nombre de Dios, nosotros somos hijos de Dios”. Richard de Saint Victor dice que “La invocación del Nombre es la posesión de la salvación, la recepción de los besos, la comunión del lecho, la unión del Verbo con el alma en la cual se salva cada hombre. Pues con una luz tal, nadie puede ser ciego, con un poder tal, nadie puede ser débil, con una salvación tal, nadie puede perecer” (Escritos Selectos). Tomás de Kempis nos instruye que “puesto que estás viajando en esta peregrinación terrenal, tómate como provisión (viaticum), como báculo de pastor tenido firmemente en la mano, esta breve plegaria, “JESUS-MARÍA”... donde quieras que vayas, donde quiera que camines o te detengas o descanses, invoca a Jesús e invoca a María” (El Valle de los Lirios). El Nombre de MARÍA es también “divino” y de aquí que Dante escriba en el Paraíso: |
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| Allí está la Rosa donde el Verbo divino se hizo carne... | Allí está la Rosa donde el Verbo divino se hizo carne... |
| (32) El Ave María se llama acertadamente la Salutación Angélica, pues incorpora la economía entera de la vida espiritual dentro de sus confines. Abarca dentro de un solo aliento los dos Nombres Divinos de Jesús y María, y por así decir, resume todo lo que llevamos dicho y mucho más. El Nombre de Jesús reside en el seno virginal, un seno que ha sido llamado por los santos a la vez “horno” y “cámara nupcial”. Verdaderamente Él es “la Joya en el Loto”. Para aquellos que querrían menospreciar el Rosario, las palabras de Nuestra Señora al Beato Alan de la Roche (citado en la obra La verdadera Devoción a María de S. Luis María Griñón de Montfort), deberían actuar como un poderosísimo contrapeso “Sabe hijo mío” dijo Nuestra Señora, “y haz que lo sepan todos los demás, que es un signo probable y próximo de condenación eterna tener aversión, tibieza, o negligencia a decir la Salutación Angélica, la cual ha reformado el mundo entero”. Considerar esto como una exageración piadosa es ocultar la propia incredulidad de uno bajo un manto de hipocresía y, para citar a Pío XI, “salirse de la senda de la verdad” (Encíclica “Ingravescentibus Malis”). | (32) El Ave María se llama acertadamente la Salutación Angélica, pues incorpora la economía entera de la vida espiritual dentro de sus confines. Abarca dentro de un solo aliento los dos Nombres Divinos de Jesús y María, y por así decir, resume todo lo que llevamos dicho y mucho más. El Nombre de Jesús reside en el seno virginal, un seno que ha sido llamado por los santos a la vez “horno” y “cámara nupcial”. Verdaderamente Él es “la Joya en el Loto”. Para aquellos que querrían menospreciar el Rosario, las palabras de Nuestra Señora al Beato Alan de la Roche (citado en la obra La verdadera Devoción a María de S. Luis María Griñón de Montfort), deberían actuar como un poderosísimo contrapeso “Sabe hijo mío” dijo Nuestra Señora, “y haz que lo sepan todos los demás, que es un signo probable y próximo de condenación eterna tener aversión, tibieza, o negligencia a decir la Salutación Angélica, la cual ha reformado el mundo entero”. Considerar esto como una exageración piadosa es ocultar la propia incredulidad de uno bajo un manto de hipocresía y, para citar a Pío XI, “salirse de la senda de la verdad” (Encíclica “Ingravescentibus Malis”). |
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| (33) Uno debe preguntarse por qué santos como el Bienaventurado H. de Suso, S. Camilo de Lelis, S. Isaac Jogues, el Jesuita martirizado por los Hurones, Santa Juana de Arco, S. Luis María Griñón de Montfort, Tomás de Kempis, S. [[contra-reforma:francisco-de-sales:start|Francisco de Sales]], y en nuestros propios tiempos, la Hermana Consolata Betrone y el Padre Pío el Estigmatizado, para mencionar solamente a unos pocos y para no decir nada de toda la tradición Hesiquiasta del Monte Athos que continúa hasta el presente día, se han dedicado así a la Invocación del Nombre de Jesús. Parte de la respuesta está en el hecho de que sólo el hombre, al estar hecho a la “Imagen de Dios” de una manera directa e integral, tiene el don del habla. Siendo esto así, el habla tanto como la inteligencia y la voluntad deben jugar una parte en la salvación y liberación. Ciertamente, tanto la inteligencia como la voluntad, se actualizan con la plegaria, la cual es habla a la vez divina y humana, el acto que vincula la voluntad y su contenido a la inteligencia. El habla es por así decir el [[biblia:figuras:cuerpo:start|cuerpo]] inmaterial, aunque sensorial, de nuestra voluntad y de nuestra comprensión. Pero el habla no se exterioriza necesariamente, pues el pensamiento articulado implica también el lenguaje. Si esto es así, aparte de las plegarias canónicas impuestas a la Iglesia Universal, nada puede ser más importante que la repetición del Nombre de Dios. Eckhart dice “Dios es el Verbo que se pronuncia a Sí mismo. Donde Dios existe, Él está diciendo este Verbo; donde Él no existe, Él no dice nada. Dios es hablado e in-hablado... Padre e Hijo expiran su santo soplo, y una vez que este sagrado soplo inspira a un hombre, permanece en él, pues él (el hombre) es esencial y neumático”. “Pues el Verbo de Dios es raudo, y poderoso, y más agudo que una espada de doble filo, que penetra hasta la división de alma y espíritu, y de las coyundas y la médula, y es un discernidor de los pensamientos e intenciones del corazón” (Heb. IV, 12). ¿No nos asegura Joel en el Antiguo Testamento como lo hace S. Pablo que “quienquiera que invocare el Nombre del Señor será liberado” (Joel II, 32)?. Hemos visto ya, que los Profetas y los santos consideran que el Nombre es uno con Dios; que los santos en el cielo, como dice Santo Tomás de Villanueva, le invocan constantemente, y ahora Eckhart nos dice que “el Verbo eterno es hablado en el alma virginal por Dios mismo”. Así, la invocación del Nombre en el corazón, encarna en nosotros la plenitud de la Trinidad en la [[evangelho-de-jesus:logia-jesus:logia-jesus:medida:start|Medida]] en que nosotros podemos acogerla. Lentamente nos transforma hasta que finalmente, a través de la gracia de Dios, nosotros y el Nombre devenimos como uno. Si parte del misterio de la Encarnación reside en la afirmación de S. Ireneo (y de muchos otros) de que “Dios ha devenido hombre a fin de que el hombre pueda devenir Dios”, entonces podemos decir ciertamente que Dios nos ha dado Su Nombre a fin de que nosotros podamos incorporarle en nuestros corazones, y con nuestra memoria, inteligencia y voluntad absorbidas en el Nombre, seamos capaces de decir con la Beata [[medievo:angela-de-foligno:start|Angela de Foligno]]: “Tú eres yo y yo soy Tú” (Visiones e Instrucciones); y con S. Pablo: “Vivo, pero no yo, sino Cristo en mi” (Gal.II, 20). | (33) Uno debe preguntarse por qué santos como el Bienaventurado H. de Suso, S. Camilo de Lelis, S. Isaac Jogues, el Jesuita martirizado por los Hurones, Santa Juana de Arco, S. Luis María Griñón de Montfort, Tomás de Kempis, S. Francisco de Sales, y en nuestros propios tiempos, la Hermana Consolata Betrone y el Padre Pío el Estigmatizado, para mencionar solamente a unos pocos y para no decir nada de toda la tradición Hesiquiasta del Monte Athos que continúa hasta el presente día, se han dedicado así a la Invocación del Nombre de Jesús. Parte de la respuesta está en el hecho de que sólo el hombre, al estar hecho a la “Imagen de Dios” de una manera directa e integral, tiene el don del habla. Siendo esto así, el habla tanto como la inteligencia y la voluntad deben jugar una parte en la salvación y liberación. Ciertamente, tanto la inteligencia como la voluntad, se actualizan con la plegaria, la cual es habla a la vez divina y humana, el acto que vincula la voluntad y su contenido a la inteligencia. El habla es por así decir el cuerpo inmaterial, aunque sensorial, de nuestra voluntad y de nuestra comprensión. Pero el habla no se exterioriza necesariamente, pues el pensamiento articulado implica también el lenguaje. Si esto es así, aparte de las plegarias canónicas impuestas a la Iglesia Universal, nada puede ser más importante que la repetición del Nombre de Dios. Eckhart dice “Dios es el Verbo que se pronuncia a Sí mismo. Donde Dios existe, Él está diciendo este Verbo; donde Él no existe, Él no dice nada. Dios es hablado e in-hablado... Padre e Hijo expiran su santo soplo, y una vez que este sagrado soplo inspira a un hombre, permanece en él, pues él (el hombre) es esencial y neumático”. “Pues el Verbo de Dios es raudo, y poderoso, y más agudo que una espada de doble filo, que penetra hasta la división de alma y espíritu, y de las coyundas y la médula, y es un discernidor de los pensamientos e intenciones del corazón” (Heb. IV, 12). ¿No nos asegura Joel en el Antiguo Testamento como lo hace S. Pablo que “quienquiera que invocare el Nombre del Señor será liberado” (Joel II, 32)?. Hemos visto ya, que los Profetas y los santos consideran que el Nombre es uno con Dios; que los santos en el cielo, como dice Santo Tomás de Villanueva, le invocan constantemente, y ahora Eckhart nos dice que “el Verbo eterno es hablado en el alma virginal por Dios mismo”. Así, la invocación del Nombre en el corazón, encarna en nosotros la plenitud de la Trinidad en la Medida en que nosotros podemos acogerla. Lentamente nos transforma hasta que finalmente, a través de la gracia de Dios, nosotros y el Nombre devenimos como uno. Si parte del misterio de la Encarnación reside en la afirmación de S. Ireneo (y de muchos otros) de que “Dios ha devenido hombre a fin de que el hombre pueda devenir Dios”, entonces podemos decir ciertamente que Dios nos ha dado Su Nombre a fin de que nosotros podamos incorporarle en nuestros corazones, y con nuestra memoria, inteligencia y voluntad absorbidas en el Nombre, seamos capaces de decir con la Beata Angela de Foligno: “Tú eres yo y yo soy Tú” (Visiones e Instrucciones); y con S. Pablo: “Vivo, pero no yo, sino Cristo en mi” (Gal.II, 20). |
| (34) Dios al nombrarse a Sí mismo, primeramente se ha determinado a Sí mismo como ser y en segundo lugar, a partir del Ser, se manifiesta a Sí mismo como Creación —es decir, Él se manifiesta a Sí mismo “dentro del marco de la nada” y así “en modo ilusorio”. El hombre, por su parte, describe el movimiento inverso cuando pronuncia el mismo Nombre, pues este Nombre no es sólo Ser y Creación, sino también Misericordia y Redención. En el hombre, el Nombre no crea, sino que por el contrario “deshace”, y eso de una manera divina, puesto que hace regresar al hombre al Principio. Si Dios “se derrama a Si mismo en Su Nombre” (S. Bernardo), el hombre, al invocar este Nombre, alcanza la “totalidad de la plenitud”. Visto por Dios, el Nombre Divino es una determinación, una limitación y un “sacrificio”. Visto por el hombre, es una liberación, una ilimitación y una plenitud. El Nombre, aunque es invocado por el hombre, siempre es pronunciado por Dios, pues la invocación humana es sólo el efecto “externo” de la invocación “interna” y eterna por la Divinidad. Lo que es sacrificial para lo divino es liberador para el hombre. Toda revelación, cualquiera que pueda ser su modo o su forma, es un “descenso” o “encarnación” para el Creador, y un “ascenso” o “ex-carnación” para la criatura. | (34) Dios al nombrarse a Sí mismo, primeramente se ha determinado a Sí mismo como ser y en segundo lugar, a partir del Ser, se manifiesta a Sí mismo como Creación —es decir, Él se manifiesta a Sí mismo “dentro del marco de la nada” y así “en modo ilusorio”. El hombre, por su parte, describe el movimiento inverso cuando pronuncia el mismo Nombre, pues este Nombre no es sólo Ser y Creación, sino también Misericordia y Redención. En el hombre, el Nombre no crea, sino que por el contrario “deshace”, y eso de una manera divina, puesto que hace regresar al hombre al Principio. Si Dios “se derrama a Si mismo en Su Nombre” (S. Bernardo), el hombre, al invocar este Nombre, alcanza la “totalidad de la plenitud”. Visto por Dios, el Nombre Divino es una determinación, una limitación y un “sacrificio”. Visto por el hombre, es una liberación, una ilimitación y una plenitud. El Nombre, aunque es invocado por el hombre, siempre es pronunciado por Dios, pues la invocación humana es sólo el efecto “externo” de la invocación “interna” y eterna por la Divinidad. Lo que es sacrificial para lo divino es liberador para el hombre. Toda revelación, cualquiera que pueda ser su modo o su forma, es un “descenso” o “encarnación” para el Creador, y un “ascenso” o “ex-carnación” para la criatura. |
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| (40) La invocación del Nombre no es per se una garantía mecánica de salvación, pues no todo el “que llame, Señor, Señor, será salvado”. Un burro que lleva perfume en su lomo, a pesar de ello, seguirá siendo un burro, aunque entonces, todavía es posible que algo del aroma se le pegue. Los Nombres Divinos no son inmunes al abuso o incluso a la profanación. Un medio espiritual sólo puede ser efectivo dentro del marco de la tradición que le ofrece. “No tomarás el Nombre de Dios en vano” (Exodo XX, 7; Deut.V, 11). Si se tiene por verdadero en lo que toca a la Eucaristía que “quienquiera que coma de este pan (divino)... indignamente... come... condenación para sí mismo” (I Cor. XI, 27-29), eso es verdadero también en lo que toca al uso temerario de los Nombres Divinos. Uno debe invocar el Nombre para los propósitos adecuados y en un estado de alma adecuado. Uno debe estar en un estado de gracia (o al menos debe desear estarlo) pues “invocar al Señor” mientras uno se apega obstinadamente a lo que el Señor prohibe es absurdo. Si tenemos, ciertamente, un Cristo que es Amor, tenemos también un Dios colérico. Si tenemos un Nombre de Amor, tenemos también un Nombre que es “terrible”. Si invocamos el Nombre, debemos hacerlo dentro del seno de la Esposa de Cristo, dentro del marco de la “Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica” con todos sus sacramentos y todas sus tradiciones. “Y he aquí que Tu cólera ha llegado, y el tiempo de los muertos, a fin de que sean juzgados, y de que Tú recompenses a Tus siervos, los profetas y los santos, y A AQUELLOS QUE TEMEN TU NOMBRE” (Apoc.XI, 18). | (40) La invocación del Nombre no es per se una garantía mecánica de salvación, pues no todo el “que llame, Señor, Señor, será salvado”. Un burro que lleva perfume en su lomo, a pesar de ello, seguirá siendo un burro, aunque entonces, todavía es posible que algo del aroma se le pegue. Los Nombres Divinos no son inmunes al abuso o incluso a la profanación. Un medio espiritual sólo puede ser efectivo dentro del marco de la tradición que le ofrece. “No tomarás el Nombre de Dios en vano” (Exodo XX, 7; Deut.V, 11). Si se tiene por verdadero en lo que toca a la Eucaristía que “quienquiera que coma de este pan (divino)... indignamente... come... condenación para sí mismo” (I Cor. XI, 27-29), eso es verdadero también en lo que toca al uso temerario de los Nombres Divinos. Uno debe invocar el Nombre para los propósitos adecuados y en un estado de alma adecuado. Uno debe estar en un estado de gracia (o al menos debe desear estarlo) pues “invocar al Señor” mientras uno se apega obstinadamente a lo que el Señor prohibe es absurdo. Si tenemos, ciertamente, un Cristo que es Amor, tenemos también un Dios colérico. Si tenemos un Nombre de Amor, tenemos también un Nombre que es “terrible”. Si invocamos el Nombre, debemos hacerlo dentro del seno de la Esposa de Cristo, dentro del marco de la “Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica” con todos sus sacramentos y todas sus tradiciones. “Y he aquí que Tu cólera ha llegado, y el tiempo de los muertos, a fin de que sean juzgados, y de que Tú recompenses a Tus siervos, los profetas y los santos, y A AQUELLOS QUE TEMEN TU NOMBRE” (Apoc.XI, 18). |
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| (41) Aún peor que el abuso es la blasfemia. “Todos los pecados son odiosos a los ojos de Dios; pero el pecado de la blasfemia debe llamarse más propiamente una abominación para el Señor” (S. Antonio María de Ligorio). Como dice S. Gregório Nazianceno, “el diablo tiembla al Nombre de Jesús y nosotros no tememos profanarlo” (Orat. XXI). “El que blasfema —dice S. Atanasio— actúa contra la Deidad misma”. El blasfemo, dice S. Benardino, hace de su lengua “una espada que traspasa el corazón de Dios”. Y continúa, “todos los demás pecados proceden de la flaqueza o de la ignorancia, pero el pecado de la blasfemia procede de la malicia”. S. Juan Crisóstomo dice “no hay ningún pecado peor que la blasfemia” porque, como dice S. Jerónimo, “todo pecado comparado con la blasfemia es pequeño”. Santo Tomás de Aquino dice que al igual que los santos en el Cielo, después de la resurrección, alabarán a Dios con sus lenguas, así también, los réprobos en el Infierno blasfemarán de Él con sus lenguas (Summa II-II, 13), y S. Antonio dice que el que consiente en el vicio de la blasfemia pertenece ya, al número de los condenados, a causa de que practica su [[estudos:iconografia:arte:start|Arte]]. (Tomado en su mayor parte del Sermón de S. Antonio María de Ligorio). | (41) Aún peor que el abuso es la blasfemia. “Todos los pecados son odiosos a los ojos de Dios; pero el pecado de la blasfemia debe llamarse más propiamente una abominación para el Señor” (S. Antonio María de Ligorio). Como dice S. Gregório Nazianceno, “el diablo tiembla al Nombre de Jesús y nosotros no tememos profanarlo” (Orat. XXI). “El que blasfema —dice S. Atanasio— actúa contra la Deidad misma”. El blasfemo, dice S. Benardino, hace de su lengua “una espada que traspasa el corazón de Dios”. Y continúa, “todos los demás pecados proceden de la flaqueza o de la ignorancia, pero el pecado de la blasfemia procede de la malicia”. S. Juan Crisóstomo dice “no hay ningún pecado peor que la blasfemia” porque, como dice S. Jerónimo, “todo pecado comparado con la blasfemia es pequeño”. Santo Tomás de Aquino dice que al igual que los santos en el Cielo, después de la resurrección, alabarán a Dios con sus lenguas, así también, los réprobos en el Infierno blasfemarán de Él con sus lenguas (Summa II-II, 13), y S. Antonio dice que el que consiente en el vicio de la blasfemia pertenece ya, al número de los condenados, a causa de que practica su Arte. (Tomado en su mayor parte del Sermón de S. Antonio María de Ligorio). |
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| (42) Finalmente, debemos advertir contra el uso de esta forma de plegaria (o lo que sería lo mismo contra cualquier esfuerzo serio en la vida espiritual) sin la dirección adecuada. La idea misma de una metodología en la vida espiritual ofende a la “mente moderna”, la cual está en rebelión contra la autoridad, contra la razón, y contra la disciplina. La mente moderna, por encima de todo, desea “sentir”, pues al sentir hace de si misma —de su egoidad— el criterio de su propio estado de alma, y la sensación no requiere ni pensamiento ni disciplina. De gustibus non est disputantum —uno no puede disputar sobre cuestiones de gusto personal. El modernista olvida que S. Juan Bautista clamaba (como en el desierto del mundo moderno) “preparad la vía del Señor”. Olvida que el Adviento debe preceder a la Navidad, y que el Adviento es una estación penitencial. Puede admitir la necesidad de una metodología en la ciencia, en los negocios, o incluso en la locura, pero niega su papel en la religión. El amor y la fe son reducidos a “sentimientos” y el sentimiento nunca puede ser metódico. ¿Cuál es entonces esta preparación que debe preceder a la venida de Cristo?. Es el entrenamiento de la voluntad, el cual requiere obediencia, disciplina y virtud. Es el entrenamiento del intelecto, el cual requiere el abandono del Orgullo (de la egoidad), de la Ignorancia y de la Pereza intelectual. Y si no tiene que haber ningún método, tampoco tiene que haber ninguna dirección. Cada quien tiene que ser su propio director espiritual, y se ha olvidado enteramente el hecho de que una persona que es su propio legislador, tanto en este mundo como en el otro, “tiene a un necio por abogado”. (Un adagio oriental afirma que “un hombre que es su propio director espiritual tiene al Diablo por guía”). Entrar en la vida espiritual sin un guía es ignorar las palabras de Cristo —que el ciego no puede conducir al ciego; es ignorar las repetidas advertencias de casi todos los santos, incluyendo a S. Juan de la Cruz y a Santa [[contra-reforma:teresa-de-avila:start|Teresa de Avila]]; es ignorar los consejos evangélicos incorporados en todos los catecismos tradicionales. Todo esto resulta, como dice Filon, en una persona “que vaga en el laberinto de sus propias opiniones personales”. Ciertamente, es jugar el papel de [[biblia:tipologia:eva:start|Eva]] en el Jardín del Edén y en todo el sentido de la palabra, “jugar con fuego”. “Todo cuanto se hace sin la aprobación de tu padre espiritual” —como dice S. Bernardo— “debe ser imputado a la vanagloria y por lo tanto no tiene ningún mérito” (Comentario. sobre el Cantar de los Cantares). | (42) Finalmente, debemos advertir contra el uso de esta forma de plegaria (o lo que sería lo mismo contra cualquier esfuerzo serio en la vida espiritual) sin la dirección adecuada. La idea misma de una metodología en la vida espiritual ofende a la “mente moderna”, la cual está en rebelión contra la autoridad, contra la razón, y contra la disciplina. La mente moderna, por encima de todo, desea “sentir”, pues al sentir hace de si misma —de su egoidad— el criterio de su propio estado de alma, y la sensación no requiere ni pensamiento ni disciplina. De gustibus non est disputantum —uno no puede disputar sobre cuestiones de gusto personal. El modernista olvida que S. Juan Bautista clamaba (como en el desierto del mundo moderno) “preparad la vía del Señor”. Olvida que el Adviento debe preceder a la Navidad, y que el Adviento es una estación penitencial. Puede admitir la necesidad de una metodología en la ciencia, en los negocios, o incluso en la locura, pero niega su papel en la religión. El amor y la fe son reducidos a “sentimientos” y el sentimiento nunca puede ser metódico. ¿Cuál es entonces esta preparación que debe preceder a la venida de Cristo?. Es el entrenamiento de la voluntad, el cual requiere obediencia, disciplina y virtud. Es el entrenamiento del intelecto, el cual requiere el abandono del Orgullo (de la egoidad), de la Ignorancia y de la Pereza intelectual. Y si no tiene que haber ningún método, tampoco tiene que haber ninguna dirección. Cada quien tiene que ser su propio director espiritual, y se ha olvidado enteramente el hecho de que una persona que es su propio legislador, tanto en este mundo como en el otro, “tiene a un necio por abogado”. (Un adagio oriental afirma que “un hombre que es su propio director espiritual tiene al Diablo por guía”). Entrar en la vida espiritual sin un guía es ignorar las palabras de Cristo —que el ciego no puede conducir al ciego; es ignorar las repetidas advertencias de casi todos los santos, incluyendo a S. Juan de la Cruz y a Santa Teresa de Avila; es ignorar los consejos evangélicos incorporados en todos los catecismos tradicionales. Todo esto resulta, como dice Filon, en una persona “que vaga en el laberinto de sus propias opiniones personales”. Ciertamente, es jugar el papel de Eva en el Jardín del Edén y en todo el sentido de la palabra, “jugar con fuego”. “Todo cuanto se hace sin la aprobación de tu padre espiritual” —como dice S. Bernardo— “debe ser imputado a la vanagloria y por lo tanto no tiene ningún mérito” (Comentario. sobre el Cantar de los Cantares). |
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| (43) Concluyamos incluyendo la plegaria del Nombre de Jesús de S. Anselmo, tomada de su Segunda Meditación: | (43) Concluyamos incluyendo la plegaria del Nombre de Jesús de S. Anselmo, tomada de su Segunda Meditación: |